miércoles, 26 de febrero de 2014

Tus Palabras v&s Las mías

“Deja que se vayan de una vez esas palabras
Y no tengas miedo de abrirles la ventana
Que la rabia es necia y no sabe lo que habla
Que venga el silencio y nos devuelva la calma…” 
                                                          (F. Ubiergo)


Cuánta razón tienen estas frases, es muy sencillo enredarnos en palabras sin sentido, en expresiones hirientes y falsas, solo para decir, de muy mala manera, la frustración que sentimos, de “sentirnos” incomprendidos. Tratamos, por dios que tratamos, de comunicar lo que realmente está en nuestro corazón, con palabras calmadas y cuerdas, pero sin duda, es más sencillo darle rienda suelta a la rabia, al enojo y dejar que hablen por nosotros, y salen así, a borbotones acusaciones, quejas, reclamos, dramatismos, muchos “jamás”, “nunca” y “esto ha llegado a su límite”, salpicando la idea inicial y a veces eliminándola del mapa. Luego, cuando la tormenta ha pasado, cuando ya no hay nada más que decir,cuando el silencio inunda la habitación y estamos uno frente al otro, con esas crueles palabras dando vueltas alrededor, nos damos cuenta que el tema inicial se ha perdido, que hemos dicho cosas incoherentes y que por supuesto el amor sigue siendo real e inmenso, pero las palabras están dichas, el daño causado y se debe buscar la manera de “abrir la ventana” para dejar ir esas palabras, dejar que el silencio calme los ánimos y comenzar otra vez.

En algo tienen que darme la razón los que hasta aquí mueven la cabeza en señal de desaprobación, y es que NUNCA ES FÁCIL comunicarnos, por más que gocemos del don del habla y de miles de palabras registradas en el diccionario de la “Real Academia Española”, SIEMPRE ES COMPLICADO. Y es que no es sencillo expresar con esas palabras, francas y sutiles, todo el peso de nuestros sentimientos, pesares y emociones. Padres e hijos, amigos, jefes y empleados, matrimonios, enamorados, TODOS en algún momento hemos estropeado una charla por palabras traídas desde el enojo ¿verdad?

Ahora quiero detenerme, con su permiso, en una faceta de este arte de la comunicación, que a mi parecer, es la más compleja y siniestra de la vida: “La comunicación en la pareja”, aquí el reto es inmenso y aun no conozco a nadie que pueda decirme lo contrario.

Para ser más concisa y realista, siendo yo una mujer casada por hermosos once años, y gozando de la amistad de varios matrimonios con sus propias experiencias, me referiré a la comunicación entre esposos y esposas, aquellos que comparten lecho por algo más de un mes y de los que llevamos varios años casados, porque nunca es fácil, ni al principio, ni al medio y después de 50 años de feliz matrimonio, os aseguro que sigue siendo todo un reto.

Todo comienza cuando se acaba ese idílico primer mes de luna de miel, de arrumacos y de te amos al por mayor, ese tiempo de condescendencia y perdón instantáneo, y se da paso a la realidad de lleno. Y así, de pronto, nos encontramos frente a un individuo con sentimientos y necesidades personales que no se refieren solo a nosotros, es decir, que no estamos de acuerdo en todo lo que decimos, ni en todo lo que hacemos, ni en todo lo que deseamos, como creíamos y que por alguna extraña razón, nuestro amado, ha decidido, en este instante en particular, comenzar a expresar, y con justo derecho, lo que siente, lo que desea, lo que espera y lo que le molesta, con total sinceridad, cosas que hasta hace unos días se reservaba para sí, para no estropear los dulces momentos, consiente, cada cual (esposo y esposa) que a la hora de ponerlos sobre la mesa la cosa se volvería algo menos dulce. ¿Estamos de acuerdo hasta aquí?

Pues bien, luego del reconocimiento inicial y quizás porque el amor está en pañales y se teme herir al ser amado y perder los deliciosos arrumacos, la comunicación es escabrosa pero no tanto, somos más comprensivos, aguantamos más, decimos menos, hasta que los años pasan, el tiempo se acumula, el amor se asienta, la confianza también y comenzamos a ser nosotros mismos de una buena vez. Cada pareja tiene sus tiempos y en eso no me entrometeré, y por supuesto no confesare mis plazos. Pero aquí llegamos al punto en que todas las parejas que llevamos años casados nos conectamos y estoy segura que muchos al leerlo asentirán con la cabeza y se sentirán, en parte identificados.

Por alguna extraña razón, irrazonable, con el paso de los años, esperamos que ese ser que nos ama y que comparte su vida con nosotros, nos comprenda sin palabra alguna, que entienda nuestros gestos, nuestros silencios, que satisfaga nuestras necesidades, incluso las no expresadas, que sepa cuando queremos un abrazo o cuando deseamos espacio y así por el estilo; pero vamos!!! seamos realistas, nosotros tampoco somos capaces de esa locura, por mucho que amemos y conozcamos a nuestro cónyuge. O sea necesitamos comunicarnos, expresarnos, con palabras, y aquí es cuando la pista se pone complicada, porque hombre y mujer tenemos maneras diametralmente opuestas de hacerlo.

Para ser justa comenzare con nosotras las mujeres… cuando deseamos comunicarnos, debemos reconocer, que no todas las palabras tienen el significado que se encuentra en el diccionario y esperamos que por amor, nuestro hombre reconozca cuando los “NO” quieren decir SI, los “lárgate” quieren decir quédate justo donde estas y el “por supuesto anda”, es “si vas te mato” y así miles de frases veladas que usamos las féminas, porque simplemente no podemos expresar objetivamente lo que deseamos y esperamos. Queremos que nos descifren y nos allanen el camino, que perdonen nuestras incongruencias y nos acojan entre sus brazos aun sin comprender absolutamente nada de lo que está sucediendo realmente. Que sepan que cuando decimos que queremos comer “algo” no es un trozo de pan, o cuando decimos “estoy gorda” no esperamos apoyo si no negación inmediata (nooo como se te ocurre!!), que cuando nos miramos al espejo diciendo “esta ropa no me queda”  esperamos que reafirmen nuestra belleza (existente o no) y no que nos manden por otro atuendo digan "pero si te ves genial" sin levantar la vista siquiera, que cuando les contamos que peleamos con nuestra mejor amiga, no queremos que nos enumeren los defectos de ella, si no que nos recuerden las cualidades, Etc. Etc. Y estalla la guerra cuando no somos descifradas, obviamente y viene lo que hablábamos al principio.

Con esto, por supuesto, no libro a los hombres de su inmenso problema con la comunicación, que en resumen, es no comunicar, ellos no quieren ni esperan que los entendamos. Si tienen un problema, ellos desean simplemente su espacio, que respeten su silencio taimado, que no pregunten qué pasa. Recuerden ellos no necesitan nuestra confirmación de si son apuestos o si están gordos o delgados, de si los amamos o no, y si ellos quieren comer algo lo piden con todas sus letras. Son francos en exceso, prácticos en extremo y nada sutiles, así son nuestros machos. Cuando ellos se sienten bajo estrés lo ideal es sostener un iPhone (o Celular con android) en una mano y el control remoto en la otra, silencio total, nada de niños, ni problemas domésticos, así sus prácticas mentes trabajan en resolver su conflicto sea cual sea. Y aquí se armó, porque, nosotras, comunicadoras innatas, no comprendemos, ni aceptamos este modo de comunicarse. Y no solo no lo entendemos, si no que nos molesta soberanamente que no deseen expresarse, y mal interpretamos su silencio y hablamos y reclamamos y preguntamos, hasta que nos gritan un “puedes dejarme en paz un segundo” y vamos con la pelea otra vez.

Pero el hecho es este: Nosotras comunicamos, nos expresamos, hablamos del problema, lo deshuesamos, lo ponemos patas arriba y patas abajo, no buscando una solución, sino simplemente porque nos es necesario, así logramos verlo desde otra óptica, restarle importancia o algo así y como entre mujeres nos entendemos, acudimos a nuestras amigas, que con gusto oyen nuestras quejas, sentimientos y penas, asintiendo amorosamente, apoyándonos generosamente, comprendiendo cabalmente nuestra necesidad de desahogo, sin busca de solución, la que solo te plantean si la pides, a gran diferencia de nuestros machos que a la primera frustración planteada buscan UNA SOLUCIÓN, a ellos los agota la charla sin sentido, para ellos no existen los blas blas que no generan ninguna solución, porque sin duda, lo que mejor hacen los hombres es buscar soluciones prácticas, reales y ojala inmediatas a todos cuanto problema planteemos.

Insisto no es sencillo comunicarnos con nuestras parejas, nos amamos, nos aceptamos, nos conocemos y casi nos comprendemos, pero eso no hace la comunicación más sencilla, ni más fluida ¿Por qué? Si tuviera la respuesta a esa pregunta, sin lugar a dudas me libraría de muchas batallas innecesarias y degastadoras.
Según los estudiosos y entendidos en esta materia, se trata de la simple verdad morfológica, de que “nuestros cerebros funcionan de distinta manera, las mujeres tenemos más desarrollada un área del cerebro y los hombres otra y punto”. Pero al llevar esto a la vida, no tiene ningún sentido ni relevancia, porque ninguno de los dos (hombre y mujer) a la hora de discutir o expresar alguna molestia o necesidad, tiene la racionalidad de pensar que el otro tiene una óptica distinta de los problemas e incluso de las palabras. Cada cual, al discutir o expresar, se sitúa en su polo cerebral, escuchando muchas veces frases en “chino” desde el otro lado, interpretando y descifrando, la verdad desencriptando lo que oye, pasándolo por su descifrador personal que muchas veces está mal calibrado, dando como conclusión muchas palabras erradas y estalla la tercera guerra mundial, que como decía en un principio da cabida a mucho dramatismo… para finalmente, pero finalmente, terminar como dice la hermosa canción…

“Un beso como la primera vez
Para olvidar tanta estupidez
Pues él sabe que aunque se nuble el cielo
El sol brillara otra vez
Un te quiero así a media voz
Un corazón latiendo por los dos
Que dice, hay que empezar de nuevo
Pues así es el amor…”